Había descansado ya más de dos días. Era invierno pero gracias a la calefacción, no me sentía fastidiado al estar en una habitación tan blanca como lo es en este hospital.
Siempre he pensado que los colores deben tener una temperatura diferente. Así como el color negro da calor, el blanco da frío. Tal vez eso sea cierto, aunque no soy una persona que lea. Por suerte, miro las amenidades y las pequeñas tiras cómicas que hay en el periódico y eso es todo.
En esta amplia habitación no estaba solo, mas bien, la compartía con otras dos personas más. En la camilla que está a mi derecha, se encuentra una chica ciega que siempre me pregunta cómo es el color del cielo, ya que no puede ver y soy el único que puede ponerse de pie a escondidas de las enfermeras para poder acercarme a mi compañera de cuarto. Me encargo entonces de darle algunas sensaciones, como soplarle la cara y pasarle hielo por los brazos intentando interpretar el color gris del cielo en pleno invierno.
Como sabrán, en algunos hospitales, a los pacientes no se les conoce por sus propios nombres sino por números o códigos y, a veces, por la enfermedad que padecen. En este caso, yo era el paciente 543GY y mi compañera, que nunca pregunté su nombre, era el 241188. A ella no le importaba que le dijese por su número, así que no hubo problemas.
El siguiente compañero que nos acompaña a mí y a 241188 es el punto clave de la historia. De repente, no sea algo muy intrigante pero si es un pequeño detalle en especial a lo que acontecerá más adelante. Cuando tenga tiempo, trataré de dibujar la localización de este paciente.
Es conocido con el código XX3636XX. Muy extraño desde su mismo código, pues normalmente las letras vienes luego de los números y sus medicinas no son muy comunes. No sé qué tiene de malo, se le ve una persona saludable; muy calmada para ser verdad. Sin embargo no le gusta entablar mucha conversación y siempre se pone a tararear una canción muy extraña. Según cuenta es para atraer a los duendes protectores.
Lo miro siempre con desconfianza y tiene una sonrisa tan optimista, que provoca agarrarlo a golpes. Pero no estoy en condiciones para hacerlo, ya que tengo heridas las piernas del accidente y máximo puedo llegar a visitar la camilla de 241188.
Al cumplir los cuatro días de estadía en el hospital, quise darle una oportunidad a XX3636XX y conocerlo mejor, tal vez no sea tan malo después de todo. Me acerque a verlo mientras estaba tarareando esa molesta canción sin sentido y sin darme cuenta observé una pequeña sombra avanzar con gran velocidad por la pared y desvanecerse cerca de la puerta.
¡¿Qué diablos fue eso?! Habrán pensado que dije en esos momentos, pero no. Yo desde muy joven he visto duendes y toda clase de seres feéricos y hasta tuve la sorpresa de haber desquitado a uno de la casa de una conocida, mediante un amigo que me contó y me pidió consejo para ella. Quién sabría que los ekekos traerían tantas complicaciones, y no sólo me refiero al adorno que hay en algunas casas en el cual terminan convirtiéndose en una adicción en darle de fumar y que, a veces, cuentan que este adorno trae la maldición de dejar solteras a las mujeres. Yo no les hablo de este peculiar artefacto, yo hablo de un ekeko verdadero. Un duende casero que siempre fastidia en las noches y en especial a los pequeños, ya que ellos son más sensibles en presenciarlos.
Pues bien, regresando al momento de la interesante sombra que pasó por la pared, terminé dando un ligero salto a la cama de mi compañero y sin decirle nada, él me sonrió de una manera más tranquila, no tan exagerada como la hacía normalmente.
“La canción funciona, ¿lo viste?” me dijo el muchacho que no pasaba de los 16 años. Sin embargo, mi rostro no era de impresión en ningún momento y su rostro se tornó algo serio.
“Tú ya has visto algo similar, ¿no es así?” me dijo con los ojos entreabiertos mirando fijamente a mis ojos.
“Pues, sí” le contesté, “me encargo de los seres extraños cuando fastidian mucho a mis compañeros”.
“¿Y has visto a uno claramente?” preguntó a modo de gracia. Sin embargo, nunca había visto uno exactamente, solo sombras o golpes y sonidos raros, con esas cosas sabes que tipo de ser es y cómo alejarlo de allí.
Finalmente moví la cabeza en símbolo de negación. El niño puso su mano en mi hombro y piadosamente me entregó un celular. El móvil estaba casi destruido y algo mojado, inmediatamente pensé que se lo había robado. Me indicó que había un video interesante de un chico que grabó a un ser extraño mientras estaba con sus amigos en un callejón pasando por un parque. A mi parecer, pensé que era una conversación común y corriente hasta que, en los últimos segundos del video, aparece bajo un poste una silueta muy pequeña que camina de forma peculiar y a la vez graciosa. Sin embargo deja un sabor a terror intenso y un misterio que yo también quiero resolver… tengo que recuperar mis libros!!!
4 de febrero de 2009
El simpático video
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