Ya había pasado más de una semana y me enteré por fin sobre la muerte de mis amigos que estuvieron conmigo en el accidente automovilístico. Uno de ellos, antes de morir, le pidió al doctor que le sacasen los ojos y me los dieran en un frasco para conservarlos.
Es verdad, tengo amigos muy especiales y éste no era la excepción. Luego de mucha meditación acepté el regalo que dejó mi amigo como herencia. Sentí que, desde ahora en adelante, él estaría viendo todo lo que yo hacía mientras lo paseaba por los corredores sentado en mi silla de ruedas.
Yo ya me sentía mucho mejor en aquel entonces, pero los médicos preferían mantenerme en una silla para evitar que empeorase.
Tal vez se preguntarán por qué no recibo ninguna visita, pues la verdad no sé donde estoy exactamente ni mucho menos si es que tengo familia. He sido huérfano desde que tengo memoria y he crecido en un orfanato cerca de un pueblo humilde, por lo que el llegar a ser adulto ya no necesitaba estar allí, así que yo paro solo la mayoría de veces.
Volviendo al tema de mis paseos rutinarios con Gonzalo, que ése era el nombre del propietario de los ojos y mi viejo amigo, ocurrió un nuevo caso inexplicable pero que muy a menudo pasa en el hospital, según cuentan los doctores.
Sabía que las enfermeras siempre platicaban cosas estúpidas y a veces sobre sus romances fuera del trabajo. Aún no escucho sobre algún romance dentro de las instalaciones, pero creo que debe haber existido por lo menos uno. Sin embargo, esta vez hablaron acerca de la capilla que está en el primer piso del hospital.
Yo no sabía ni siquiera en que piso estaba. Tal vez estaba en el 4to o 5to piso, pues la neblina densa que había, evitaba que viera el suelo y la altura en donde me encontraba. Además los números de las habitaciones eran a modo de código. Mi habitación era la AC6JK.
La enfermera Marita (me gusta ese tipo de nombres), conversaba con su compañera, la enfermera Olivia, sobre el nuevo empleado que traía lo medicamentos a una de las habitaciones del primer piso. Por si acaso anote el código en mi uniforme de paciente: RRF678. Tal vez, me sirva de algo.
Marita explicó que el nuevo empleado se topó con la cabra loca y con él sería la decimo cuarta vez que ven a este ser. Tuve la suerte de que Olivia no sabía quién era esa tal “cabra loca”, así que pude entender de quién se trataba.
Resumiendo la historia, el nuevo empleado estuvo llevando los medicamentos a la habitación RRF678 para un paciente que sufre de locura. De manera extraña, el primer piso es para los locos y dementes. En ese momento, el nuevo empleado cruza la capilla que se encuentra en el corredor principal y escucha desde allí a alguien que lo llama.
Una especie de silbido mal efectuado empezó a sonar en sus oídos. Obviamente, no le tomó importancia pensando que era un loco que estaba fastidiándolo. Sin embargo, cada vez se ponía más fuerte e insoportable. Finalmente, el empleado volteó bruscamente hacia la puerta de la capilla y el miedo corrió por sus venas, huyendo del lugar y dirigirse hacia la recepción.
Según lo que cuenta fue que había visto a un ser con una gran capa negra, en la cual cubría todo su cuerpo que emanaba fuego por todos lados. Su altura era impresionante, tanto así que su cabeza llegaba al techo y paraba algo agachado. El verdadero miedo ocurrió cuando vio su cabeza. Esta era exactamente igual a la de un cordero, con los cuernos retorcidos y tenía una inmensa sonrisa (si es que se puede llamar sonrisa a esta especie de oveja) donde presenciaba grandes colmillos y dientes amarillos.
Ante esto concluyo que este lugar no es muy común y que en las cercanías hay una serie de prácticas de brujería. Esto significa que todo tipo de seres pueden estar rondando en este lugar y nadie los puede echar, a menos que yo pueda entender el misterio de este sitio; aunque tendré que requerir de mis libros.
Cuando el empleado quiso decir palabra sobre este impresionante e intimidante ser. Uno de los médicos le tomó el hombro y le preguntó si lo había visto. El nuevo empleado se sintió ridículo al saber que ya muchos lo habían visto y finalmente preguntó quién era. Finalmente este mismo médico le dijo: Es la cabra loca… el diablo.