18 de febrero de 2009

¡¡¡Mirenme!!! ¡¡¡Aquí estoy!!!

Ya había pasado más de una semana y me enteré por fin sobre la muerte de mis amigos que estuvieron conmigo en el accidente automovilístico. Uno de ellos, antes de morir, le pidió al doctor que le sacasen los ojos y me los dieran en un frasco para conservarlos.


Es verdad, tengo amigos muy especiales y éste no era la excepción. Luego de mucha meditación acepté el regalo que dejó mi amigo como herencia. Sentí que, desde ahora en adelante, él estaría viendo todo lo que yo hacía mientras lo paseaba por los corredores sentado en mi silla de ruedas.
Yo ya me sentía mucho mejor en aquel entonces, pero los médicos preferían mantenerme en una silla para evitar que empeorase.


Tal vez se preguntarán por qué no recibo ninguna visita, pues la verdad no sé donde estoy exactamente ni mucho menos si es que tengo familia. He sido huérfano desde que tengo memoria y he crecido en un orfanato cerca de un pueblo humilde, por lo que el llegar a ser adulto ya no necesitaba estar allí, así que yo paro solo la mayoría de veces.


Volviendo al tema de mis paseos rutinarios con Gonzalo, que ése era el nombre del propietario de los ojos y mi viejo amigo, ocurrió un nuevo caso inexplicable pero que muy a menudo pasa en el hospital, según cuentan los doctores.


Sabía que las enfermeras siempre platicaban cosas estúpidas y a veces sobre sus romances fuera del trabajo. Aún no escucho sobre algún romance dentro de las instalaciones, pero creo que debe haber existido por lo menos uno. Sin embargo, esta vez hablaron acerca de la capilla que está en el primer piso del hospital.


Yo no sabía ni siquiera en que piso estaba. Tal vez estaba en el 4to o 5to piso, pues la neblina densa que había, evitaba que viera el suelo y la altura en donde me encontraba. Además los números de las habitaciones eran a modo de código. Mi habitación era la AC6JK.


La enfermera Marita (me gusta ese tipo de nombres), conversaba con su compañera, la enfermera Olivia, sobre el nuevo empleado que traía lo medicamentos a una de las habitaciones del primer piso. Por si acaso anote el código en mi uniforme de paciente: RRF678. Tal vez, me sirva de algo.


Marita explicó que el nuevo empleado se topó con la cabra loca y con él sería la decimo cuarta vez que ven a este ser. Tuve la suerte de que Olivia no sabía quién era esa tal “cabra loca”, así que pude entender de quién se trataba.


Resumiendo la historia, el nuevo empleado estuvo llevando los medicamentos a la habitación RRF678 para un paciente que sufre de locura. De manera extraña, el primer piso es para los locos y dementes. En ese momento, el nuevo empleado cruza la capilla que se encuentra en el corredor principal y escucha desde allí a alguien que lo llama.


Una especie de silbido mal efectuado empezó a sonar en sus oídos. Obviamente, no le tomó importancia pensando que era un loco que estaba fastidiándolo. Sin embargo, cada vez se ponía más fuerte e insoportable. Finalmente, el empleado volteó bruscamente hacia la puerta de la capilla y el miedo corrió por sus venas, huyendo del lugar y dirigirse hacia la recepción.


Según lo que cuenta fue que había visto a un ser con una gran capa negra, en la cual cubría todo su cuerpo que emanaba fuego por todos lados. Su altura era impresionante, tanto así que su cabeza llegaba al techo y paraba algo agachado. El verdadero miedo ocurrió cuando vio su cabeza. Esta era exactamente igual a la de un cordero, con los cuernos retorcidos y tenía una inmensa sonrisa (si es que se puede llamar sonrisa a esta especie de oveja) donde presenciaba grandes colmillos y dientes amarillos.


Ante esto concluyo que este lugar no es muy común y que en las cercanías hay una serie de prácticas de brujería. Esto significa que todo tipo de seres pueden estar rondando en este lugar y nadie los puede echar, a menos que yo pueda entender el misterio de este sitio; aunque tendré que requerir de mis libros.


Cuando el empleado quiso decir palabra sobre este impresionante e intimidante ser. Uno de los médicos le tomó el hombro y le preguntó si lo había visto. El nuevo empleado se sintió ridículo al saber que ya muchos lo habían visto y finalmente preguntó quién era. Finalmente este mismo médico le dijo: Es la cabra loca… el diablo.

4 de febrero de 2009

El simpático video

Había descansado ya más de dos días. Era invierno pero gracias a la calefacción, no me sentía fastidiado al estar en una habitación tan blanca como lo es en este hospital.

Siempre he pensado que los colores deben tener una temperatura diferente. Así como el color negro da calor, el blanco da frío. Tal vez eso sea cierto, aunque no soy una persona que lea. Por suerte, miro las amenidades y las pequeñas tiras cómicas que hay en el periódico y eso es todo.

En esta amplia habitación no estaba solo, mas bien, la compartía con otras dos personas más. En la camilla que está a mi derecha, se encuentra una chica ciega que siempre me pregunta cómo es el color del cielo, ya que no puede ver y soy el único que puede ponerse de pie a escondidas de las enfermeras para poder acercarme a mi compañera de cuarto. Me encargo entonces de darle algunas sensaciones, como soplarle la cara y pasarle hielo por los brazos intentando interpretar el color gris del cielo en pleno invierno.

Como sabrán, en algunos hospitales, a los pacientes no se les conoce por sus propios nombres sino por números o códigos y, a veces, por la enfermedad que padecen. En este caso, yo era el paciente 543GY y mi compañera, que nunca pregunté su nombre, era el 241188. A ella no le importaba que le dijese por su número, así que no hubo problemas.

El siguiente compañero que nos acompaña a mí y a 241188 es el punto clave de la historia. De repente, no sea algo muy intrigante pero si es un pequeño detalle en especial a lo que acontecerá más adelante. Cuando tenga tiempo, trataré de dibujar la localización de este paciente.

Es conocido con el código XX3636XX. Muy extraño desde su mismo código, pues normalmente las letras vienes luego de los números y sus medicinas no son muy comunes. No sé qué tiene de malo, se le ve una persona saludable; muy calmada para ser verdad. Sin embargo no le gusta entablar mucha conversación y siempre se pone a tararear una canción muy extraña. Según cuenta es para atraer a los duendes protectores.

Lo miro siempre con desconfianza y tiene una sonrisa tan optimista, que provoca agarrarlo a golpes. Pero no estoy en condiciones para hacerlo, ya que tengo heridas las piernas del accidente y máximo puedo llegar a visitar la camilla de 241188.

Al cumplir los cuatro días de estadía en el hospital, quise darle una oportunidad a XX3636XX y conocerlo mejor, tal vez no sea tan malo después de todo. Me acerque a verlo mientras estaba tarareando esa molesta canción sin sentido y sin darme cuenta observé una pequeña sombra avanzar con gran velocidad por la pared y desvanecerse cerca de la puerta.

¡¿Qué diablos fue eso?! Habrán pensado que dije en esos momentos, pero no. Yo desde muy joven he visto duendes y toda clase de seres feéricos y hasta tuve la sorpresa de haber desquitado a uno de la casa de una conocida, mediante un amigo que me contó y me pidió consejo para ella. Quién sabría que los ekekos traerían tantas complicaciones, y no sólo me refiero al adorno que hay en algunas casas en el cual terminan convirtiéndose en una adicción en darle de fumar y que, a veces, cuentan que este adorno trae la maldición de dejar solteras a las mujeres. Yo no les hablo de este peculiar artefacto, yo hablo de un ekeko verdadero. Un duende casero que siempre fastidia en las noches y en especial a los pequeños, ya que ellos son más sensibles en presenciarlos.

Pues bien, regresando al momento de la interesante sombra que pasó por la pared, terminé dando un ligero salto a la cama de mi compañero y sin decirle nada, él me sonrió de una manera más tranquila, no tan exagerada como la hacía normalmente.

“La canción funciona, ¿lo viste?” me dijo el muchacho que no pasaba de los 16 años. Sin embargo, mi rostro no era de impresión en ningún momento y su rostro se tornó algo serio.

“Tú ya has visto algo similar, ¿no es así?” me dijo con los ojos entreabiertos mirando fijamente a mis ojos.

“Pues, sí” le contesté, “me encargo de los seres extraños cuando fastidian mucho a mis compañeros”.

“¿Y has visto a uno claramente?” preguntó a modo de gracia. Sin embargo, nunca había visto uno exactamente, solo sombras o golpes y sonidos raros, con esas cosas sabes que tipo de ser es y cómo alejarlo de allí.

Finalmente moví la cabeza en símbolo de negación. El niño puso su mano en mi hombro y piadosamente me entregó un celular. El móvil estaba casi destruido y algo mojado, inmediatamente pensé que se lo había robado. Me indicó que había un video interesante de un chico que grabó a un ser extraño mientras estaba con sus amigos en un callejón pasando por un parque. A mi parecer, pensé que era una conversación común y corriente hasta que, en los últimos segundos del video, aparece bajo un poste una silueta muy pequeña que camina de forma peculiar y a la vez graciosa. Sin embargo deja un sabor a terror intenso y un misterio que yo también quiero resolver… tengo que recuperar mis libros!!!